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SINSALaudio y el Territorio

Texto de presentación de SINSALaudio en TED Galicia durante la pasada edición de CULTURGAL 2011.

Sinsalaudio es una promotora musical que, entre otras actividades, apuesta por las diferentes posibilidades de la "música en directo" como encuentro entre el patrimonio y la sociedad. A continuación, realizaremos una aproximación a algunas de las propuestas más conectadas con la divulgación del territorio.

¿Cómo funciona la representación?

En primer lugar, es importante hablar de las "proyecciones" o Imágenes de la música que, a diferencia de otras artes, cuenta con dos posibilidades de exhibición: la reproducción y la representación.

La Reproducción apareció muchos siglos después de la representación: primero con los autómatas del Renacimiento; después la música mecánica del Barroco; y sólo hasta finales del siglo XIX con el cilindro fonográfico y el disco gramofónico. El impacto de la música grabada en la sociedad de la época fue tal que Edison redactó un "protocolo" para escuchar su invento en la intimidad: "las personas debían sentarse delante de la máquina como un espectador lo hacía ante un escenario".
Gracias a los medios de comunicación la reproducción fue ganando protagonismo durante todo el siglo XX hasta que, en los últimos años, a causa de los formatos comprimidos hay un cambio en los hábitos de consumo.

La Representación fue el medio tradicional de exhibición de la música hasta que apareció el soporte sonoro a finales del secúlo XIX. Durante todo el siglo XX, el concierto estuvo condicionado por la competencia de la música grabada y los medios de comunicación. Pero en este siglo XXI, coincidiendo con la decadencia del soporte musical, hay una revalorización de la representación en vivo.

Hay que recordar que la música, por definición, es de alguna forma sonido ordenado y, por lo tanto, esta posibilidad de controlarlo lo asoció a las principales actividades sociales de la comunidad; desde la religión a la celebración.

El hecho de que la "Representación" de la música pueda manifestarse en cualquier lugar nos conduce a que la sala de conciertos, tal cual la conocemos en la actualidad, es un espacio ligado a la ciudad contemporánea, exactamente al siglo XIX y al desarrollo de la burguesía, que se apoyó en este tipo de espacios como lugares de socialización; es decir, de encuentro entre la ciudadanía.

Durante la primera mitad del siglo XX, la representación fue evolucionando de forma paralela al desarrollo de la vida urbana. Con cada una de sus clases sociales –todos los agentes de la sociedad contemporánea– generaron sus propios espacios donde la música y sus intérpretes ocupaban un lugar preferente pero, esto es importante destacarlo, siempre por debajo de la audiencia.

El concepto de ídolo de masas, es decir, el salto de la representación al concierto ceremonial es una revolución, sobre todo de la cultura pop después de la segunda mitad del siglo XX. Llega incluso a la actualidad en diferentes grados o intensidades según el modelo de artista. La música popular tradicional arraigada en los pueblos tuvo que adaptarse a este guión de la ceremonia urbana a través de las programaciones institucionales, por lo que el concierto perdió, en parte, ese espíritu indómito de los primeros tiempos.

Nosotros lo que proponemos es apartar a la música de este escenario encorsetado de la actualidad y reconducir sus posibilidades aurales y expresivas más allá de la sala de conciertos. Trabajamos el territorio como un espacio de creación donde los elementos que forman parte de su patrimonio permiten apostar por la innovación cultural.

¿Qué puede aportar la música al territorio?

La música en directo es, pues, un "acto social" en el que la comunidad participa de una representación. Con nuestra programación en espacios "diferentes" a la sala de conciertos procuramos que la suma de todos los elementos (artista, audiencia y territorio) generen singularidad y personalidad.

En la actualidad, buena parte de la música en directo se concibe como una fiesta de la celebración. Con todo, nosotros pensamos que representación no tiene porque ser únicamente fiesta, o por lo menos no pensamos en ella como valor más destacado. Esto no quiere decir que renunciemos a ese modelo de ocio, sino que priorizamos otras sensaciones que dependiendo de las circunstancias pueden, o no, alcanzar esa fiesta de la celebración.

Para muchos programar un evento sonoro en un espacio de interés arquitectónico, paisajístico, cultural, etc. es igualmente una celebración, pero la singularidad del evento debe potenciar todos los elementos que participan en el concierto sin perder de vista lo más importante: el equilibrio entre música, audiencia y territorio.

Se trata pues de explorar toda la potencialidad del entorno y mostrarla con naturalidad y sin fuegos artificiales; es decir, sin los adornos con los que la industria musical nos embriaga, reduciendo la música a meros valores técnicos de watios de luz y son. La pregunta es: ¿cómo buscar un equilibrio entre concierto, ceremonia y territorio?

En primer lugar, un equilibrio entre la tecnología y el patrimonio. Desde el punto de vista técnico, la tecnología actual permite adaptar equipos muy manejables en todo tipo de espacios: equipos de sonido autoamplificados, mesas de sonido digitales, focos con leds, proyectores de video, etc. Se debe adaptar la producción de sonido y luz conviviendo, y resaltando, las posibilidades del entorno, pero nunca relegándolo a un segundo plano.

En segundo lugar, una convivencia entre la música y el paisaje. El artista seleccionado debe encajar dentro de las posibilidades del espacio y, aunque casi todos los estilos de música pueden llevarse al patrimonio, hay limitaciones evidentes que se nos ocurren a todos. Los conciertos en espacios singulares, fuera de la sala de conciertos, necesitan de otro ritmo antes, durante y después de la representación. Si lo que buscamos es el simulacro, es decir cambiar un escenario por otro, perdemos todo el interés de la propuesta.

Un ejemplo concreto sobre estas ideas sucede en el Festival Sinsal San Simón. Algunos asistentes sugieren un modelo de festival "más divertido" que estimule la cintura. Pensamos que reducir nueve horas de un festival a esta "última percepción" puede generar malentendidos y asociar San Simón a una fiesta de club. Explotar este concepto en un espacio de esta trascendencia (o cualquier otro de las mismas características) precipitaría un cambio de audiencia consumidora de propuestas más lucrativas. Para nosotros este concepto lúdico, de entretenimiento, tiene diferentes proyecciones y por supuesto, también es nuestro trabajo educar e insistir en esta dirección sostenible y respetuosa.

En todo caso, es importante que una programación musical como elemento vertebrador del territorio respete el espacio, lo promocione y, sobre todo, lo potencie desde el punto de vista histórico y natural. Hacer un concierto en un garaje, una terraza, una cueva o una isla no debe de ser sólo un soporte escénico visual, también es un espacio que participa de forma activa en la representación desde el punto de vista acústico y sensorial. Por ello, la mejor forma de incentivar su protagonismo es reafirmando y potenciando sus peculiaridades para que el público entienda que hay una singularidad y esa actividad es un evento excepcional: una oportunidad unica de disfrutar con nuesto patrimonio.